Texto: Pablo Demonio

Como buen ilustrado del golfeo madrileño con sonrisa pícara y suela de zapatillas desgastadas durante los últimos 25 años, permítaseme en este espacio abierto y sin remiendos retomar una sana costumbre pretérita, de los tiempos más incandescentes de la prensa musical electrónica española, cuando, verter azufre con conocimiento de casualidad era uno de mis mayores divertimentos y por ende de la gente que a bien (y muchas veces a mala ostia, no lo vamos a negar) seguía mis aventuras delante de las teclas con interés de ver a quien le tocaría el rejón de la post – me licenciaré para poder usar este vocablo – castaña festivalera.

Puede ser y no lo niego que uno como muchas veces han insinuado por ahí (y por aquí y por allá e incluso a la cara) que uno esta obsoleto y anda ya metido en otros asuntos que la noche en estado más usual, esas salidas eternas para vivir con intensidad el mundillo del “nocturneo” electrónico en horas interminables de desenfreno; pero como observador directo, he de decir, que lo primero que me viene a la mente calenturienta y un poco disipada es la palabra aburrimiento.

Podría caer en el tópico siempre utilizado por todo el mundo de arremeter diametralmente contra las programaciones de cuchitriles, clubs, discotecas, macro-salas y festivales, pero realmente este paladar de sopor infumable no solamente viene direccionado por el asunto sonoro (que también es para mirarlo con lupa porque lo de menos es más cada día está más patente), o por las medianías mediocres que triunfan por todo el planeta techno (que hay que ver la cantidad de broza previsible que alimenta el sector habitualmente) o por lo impersonal del un público aborregado en sus automatismos causales y que vive feliz en el desconocimiento de un porcentaje abrumador de la realidad musical y sonora que nos brinda la electrónica… eso por no hablar de aquellos que se han quedado para vestir santos y basan su amor a esta música en “zagaladas” sonoras que les hacen revivir épocas que lucían menos lorzas y más pelo (no es que uno esté mucho mejor la verdad, pero por lo menos se molesta en buscar sonidos que sean actuales que te hagan mover la melena cana).

El caso es que mirando a la diestra y a la siniestra de las propuestas, apuestas, sesiones y demás lugares llamados al éxtasis en la pista, la cosa es que uno hace mucho que no siente la llamada de la selva y dejar las zapatillas de guatine (si si, las de los abuelos) para calzarse las botas, los vaqueros y salir de la guarida. Porque no lo neguemos, en el noventa por ciento de los casos no hay  nada diferencial (o no me parece que lo haya), en esto llamado ocio que me encienda la chispa necesaria para reventarme un rato escuchando música en un local bandera rodeado de gente que viva esto del bombo charles con la misma intensidad que yo.

Y es que las matemáticas son importantes porque todo suma, y desde hace mucho tiempo o una cosa u otra, rompe la regla básica de una buena sesión o al menos esa es mi sensación.  Falta la energía positiva que hace años encendió esta llama, falta personalismo, identidad, desenfreno y convivencia, falta autenticidad, melomanía (real) y sobre todo SOBRA  mucha red social, mucho móvil con cámara y mucha selfie.

Sobra mucho pintamonas creyéndose alguien por estar braseando para poder hacerse una foto en la cabina con las “superstar” de turno – perdiendo en esa dedicación tan absurda ese sonido que te transporta a otra dimensión – mucho mojigato y mucho malote sin maldad, sin olvidarnos de la mucha libreta que tienen los “eruditos· a flor de piel en los clubs más punteros… y eso señores es síntoma de hastío y aburrimiento.

Porque desde mi punto de vista, la electrónica no es eso. La Electrónica con MAYÚSCULAS es bailar, compartir, enaltecer lo más primario de tu ser y salir de los clubs reventado de saltar y sonreír, habiendo sido capaz de captar los momentos que un artista sabe hacer diferenciales con sus mezclas y su selección.

Porque vivir este sonido necesita de introspección, de personalidad, de curiosidad, de positivismo, necesita que cada día pasen cosas diferentes y diferenciadoras, que te enorgullezca llevar la bandera del beat superpuesta en tu espalda, que seas capaz de disfrutar de un set arrollador de techno, o que descanses sentado en tu sofá favorito con una buena sesión de IDM o Down Tempo, porque todo suma y todo suma en la misma dirección.

Porque miles de artistas se dejan la piel día a día en sus estudios por crear música no loops infumables, porque la electrónica vive de la experimentación y de la musicalidad no de la repetición, porque hay un mundo maravilloso detrás del 10% machacón y previsible que la masa de público se zampa semana tras semana.

Por ese cúmulo de circunstancias hacen que lo que antes era el cénit de la diversión con música avanzada se haya convertido en otra cosa. Música estancada para gente que no quiere salir de esa zona de confort mediocre que hace involucionar una escena que o mucho cambia o tenderá a extinguirse por aburrimiento.